Luis Alonso es producto de la promoción artística del Instituto de Cultura Puertorriqueña: se entrena allí en el Taller de Gráfica y en la Escuela de Artes Plásticas. En ambos lugares se recalca la importancia de la gráfica. Prefiere la serigrafía para sus carteles y la xilogralía en su otra obra.

Su primera exposición de xilografías en 1976 revela un talento precoz para el antiguo arte de grabar imágenes en madera. Convierte la vieja tradición en elocuente vehículo de una expresión tan moderna como dramática. En la presentación a esa primera exposición del artista, que se reproduce aquí, Torres Martinó destaca el contenido “difícil” de las obras de Alonso. “Difícil” porque se trata de una expresión comprometida con la defensa del país, con la denuncia de la injusticia, de la explotación, temas nada fáciles, nada rentables. En estos años Alonso no ha hecho concesiones al gusto y mantiene en su expresión esa sorprendente intensidad original. Si acaso, ahora resulta más contundente al estar plásticamente más lograda.

Desde su primera obra Alonso divide la superficie pictórica en bloques que eliminan la ilusión de espacio. Todo el drama transcurre en ese primer plano denso y enmarañado, en la misma superficie del papel. Incluso en obras que hacen alusión al paisaje como Lluvia sobre el cerro negro (1981) o El escape (1986), el “paisaje” de montañas es totalmente plano. En Día de lluvia (1986) el verde, lejos de sugerir un plácido ámbito para las figuras, parece más bien un alto murallón que las tiene atrapadas. Ni las figuras ni el espectador se pueden desplazar en un espacio ilusionista. Esta concentración en el plano único de la superficie del papel ayuda a crear un sentido asfixiante. La atmósfera cargada de las obras de Alonso se apoya en gran medida en esta manera de tratar el espacio pictórico.

Alonso disloca asimismo la perspectiva tradicional. Las hileras de árboles, de montañas, unas encima de otras, recuerdan el recurso naif de concebir el espacio pictórico como ascendente. En No quería morir (1977) las velas están vistas de frente, el féretro desde arriba; las perspectivas simultáneas acrecentan la tensión que comunica la imagen. La sombra gigante en Exposición Portafolio Taller Panamericano del Grabado (1980) es incongruente, ilógica. La superficie pictórica no sólo carece de ilusionismo, de profundidad, el espacio en sí es desconcertante.

Otro de los recursos que Alonso explota muy efectivamente es la repetición de formas, de diseños, de elementos pictóricos. En Homenaje a Clemente Soto Vélez (1977) divide la composición en tres franjas; a ambos lados de la franja central imprime seis filas de árboles sobre un fondo naranja extraordinario. En Canción del Caribe (1978), una obra hermosa de color, emplea ese mismo recurso compositivo. Pero aquí Alonso evoca el mar, el cielo, las palmeras; es sorprendente cómo puede lograr una imagen dramática a la vez que poética con símbolos tan manoseados del paisaje tropical. En la serie reciente Encrucijada (1983) emplea reiteradamente la franja de figuras que recuerdan corredores, como rayos de un sol imaginario en una, o como marco de una maraña en otra. En el cartel La Universidad puertorriqueña presente y futuro, (1985) utiliza el mismo elemento sobre franjas de colores saturados.

Las hileras de alambre de púas, las filas de árboles, los extraordinarios soles enmarañados, las dramáticas figuras que Alonso usa repetidamente en su obra establecen una hilazón entre sus imágenes. El sentido de continuidad va ligado al descubrimiento de las muchas posibilidades expresivas y formales que Alonso logra con estos elementos. En ocasiones la reiteración de la imagen magnifica su impacto dramático. En Desempleados (1976) la imagen repetida de los dos hombres sentados, el corte abrupto de las figuras en ambos extremos de la obra, crean el sentido de un drama que se sigue repitiendo, del cual sólo vemos un segmento. En Caminante (1980) utiliza la imagen de la figura en tres de los cinco rectángulos en que está dividida la obra, pero de manera diferente en cada uno de los tres. Las cuatro velas de No quería morir 1977) ayudan a crear el sentido de ese espacio plano y denso que tan bien maneja Alonso.

Los carteles de Alonso muestran otras facetas de su hacer. Maneja el color de forma sobresaliente, aspecto que se descubre muy parcialmente en sus dramáticas xilografías. En los carteles que anuncian exposiciones a veces intenta recrear el estilo del otro artista. Alonso hace esto muy bien, pero su mejor obra es otra, la que está realizada con el elocuente vocabulario de formas que ha ido inventando. Con estas marañas y grupos de corredores, con los alambres de púas y las figuras ensimismadas, crea otro mundo sorprendente, esta vez a color.

Las xilografías y los carteles de Luis Alonso son manifestaciones de una misma personalidad creativa. Sus carteles dan elocuente testimonio de muchas facetas de nuestro quehacer cultural. En xilografía Alonso crea imágenes que simbolizan otros aspectos del país. Quedan aprisionadas en la densa superficie de esos pedazos de papel estampas de un Puerto Rico difícil, tan complejo y enmarañado que bien puede corresponder a la maraña de nuestra realidad contemporánea.