Era la época de la fe en el desarrollismo, de la esperanza de crear un mejor país, de sacarnos de la pobreza. Si Operación Manos a la Obra, que trajo a Puerto Rico un gran número de industrias, era la solución a los problemas del subdesarrollo, Operación Serenidad que su contraparte cultural, y nos legó el Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Festival Casals y el programa de murales[i]. Esta larga campaña de comisionar e instalar murales en edificios públicos, como el camino del Infierno, estaba plagada de buenas intenciones: democratizar el acceso del público al arte. En las escuelas públicas, caseríos, fábricas, universidades, centros de salud, y edificios de gobierno, el transeúnte podía toparse y admirar una pintura o un mosaico de un famoso artista puertorriqueño, Fueron proyectos ambiciosos, urdidos para lograr una transformación radical en la sociedad puertorriqueña,

A la cabeza del programa de murales estaba don Ricardo Alegría, director del Instituto de Cultura Puertorriqueña, quien dispensaba las comisiones. En su ensayo Murales sin muro, la desvinculación entre arte y arquitectura en Puerto Rico a partir de 1940[ii], la arquitecta Celina Bocanegra González hace un listado de sobre 200 proyectos de mural es, pero no estoy segura de si sabremos cuántos hubo. Unos pocos sobreviven en buen estado, la mayoría se han perdido por los efectos del trópico, la ignorancia, la falta de mantenimiento o el desapego al patrimonio cultural. No era suficiente con dejarlos montados; era imperativo establecer un plan para su mantenimiento. En los proyectos de arte público lanzados por la alcaldesa, y luego gobernadora, honorable Sila María Calderón, cada artista tenía que entregar un protocolo de mantenimiento de su pieza, que las autoridades deberían seguir[iii], A pesar de ello, se han deteriorado, ya que los oficiales que le sucedieron no se han interesado en cuidar de estas piezas.

El citado ensayo de la arquitecta Celina Bocanegra González es un estudio exhaustivo de los murales que se instalaron a partir de la década de 1940. Como el subtítulo implica, no hay una correspondencia entre el edificio y los murales que alberga. Este juicio severo se basa en que muchos murales fueron concebidos e instalados para edificios existentes, como decoración. En casos citados, la ubicación no favorece ni al mural ni al edificio. Para complicar el problema, algunos murales fueron ubicados en otros edificios, como el de Lorenzo Homar en el Centro Médico de Mayagüez. Difiero del juicio de Bocanegra González, ya que parte de la premisa de que el artista no ha tomado en consideración la ubicación de su pieza. En otros ejemplos, como el Centro de Bellas Artes, el arquitecto participó en escoger a los artistas, Augusto Marín y Jaime Suárez, quienes realizaron sus piezas en cemento (Marín) y cerámica (Suárez).

La verdadera tragedia, a mi entender, es la desaparición de la mayor parte de estas obras, su mutilación para instalar cámaras de seguridad o tomas eléctricas o la demolición de la estructura, como fue el caso de los murales de Myrna Báez, Lorenzo Homar y José A. Torres Martinó en El Escambrón. Otra de las graves fallas de este programa de murales fue colocar pinturas al óleo o acrílico en lugares expuestos. Recuerdo las pinturas a la entrada del Centro Médico de Río Piedras, de Luis Hernández Cruz y Julio Rosado del Valle, con huecos y ralladuras por doquier. El mural del Departamento de la Vivienda, de Augusto Marín, ubicado en un espacio relativamente protegido, estaba salpicado de gotitas de la pintura usada para el plafón y las paredes aledañas[iv].

A pesar del ejemplo de El Escambrón, los murales con más probabilidades de sobrevivir son los realizados en cemento, piedra, mosaico o cerámica, materiales que resisten las inclemencias del tiempo. Tal es el caso de los mosaicos y relieves en la rotonda del Capitolio[v] y de los extraordinarios murales de Susana Espinosa y Bernardo Hogan en Casa Bacardí y en el Departamento del Trabajo, Los murales de las estaciones del Tren Urbano están bien concebidos y su ubicación acentúa las líneas arquitectónicas. Fueron realizados en momentos recientes y toman en consideración toda una serie de factores del ambiente que pudieran afectar su trascendencia.

El programa de murales de los años cuarenta al sesenta nos remite a una época más ingenua, basada en la premisa de que las obras iban a ser admiradas y cuidadas por el público al cual servían. El rescate de este pedazo de nuestra historia del arte ha estado en manos de Frances Ríos de Bothwell, del arquitecto Efraín Pérez Chanis y ahora de la arquitecta Celina Bocanegra González y el profesor Néstor Murray Chiesa, con su extraordinaria monografía en torno de la figura de Rafael Ríos Rey.

El mosaico de los bomberos, de Rafael Ríos Rey en Ponce, es un ejemplo de las dificultades de cuidar y preservar una obra de carácter monumental[vi]. Rememora la lucha del cuerpo de bomberos de la ciudad ante un incendio de escala catastrófica. A pesar de estar realizado en mosaico, con el paso del tiempo, ha perdido parte de las piezas. Restaurarlo implica una fuerte inyección de esfuerzos y fondos. Si bien democratizar el acceso al arte es una propuesta con la cual nadie, en su sano juicio, puede estar en contra, la cautela al comisionar obras de gran formato debe pesar en la mente de las autoridades.

No hay duda de que los murales realizados desde la década de 1940 han marcado un hito en la comisión oficial de obras de arte público. La iniciativa del gobierno sirvió para que entes particulares comisionaran mosaicos a Cundo Bermúdez, para el Edificio Caribe y Augusto Marín para el Condominio Surfside Mansions y el Centro Comercial Laguna Gardens, así como a Rolando López Dirube para el Ashford Medical Center en Condado. ¿Y cuál es su destino ahora? El de Surfside Mansions está en proceso de ir perdiendo piezas. El de Laguna Gardens está cubierto por una enorme malla publicitaria. El relieve y los murales de López Dirube y el mosaico de Cundo Bermúdez sobreviven, pero ¿hasta cuándo?

La historia se complica con los murales efímeros de los grafiteros, los de Rafael Rivera García, que cubrieron puentes y hasta un tanque de agua en Santurce. Realizados en pintura de aerosol, todas esas piezas las ha reclamado el sol del trópico, el agua, la erosión. Ante el auge de la obra de grafiteros, en 2008 UBS y el Museo de Arte de Puerto Rico lanzaron Graphopolis, Primera Bienal de Arte Urbano, una competencia de murales en aerosol. De los diseños ganadores, el único que sobrevive en buen estado es el de Coa Crew en el coliseíto Pedrín Zorrilla en hato Rey. ¿Qué historias contarán en el siglo XXII de nuestros esfuerzos por hacer arte público? Me temo que la lección del destino fatal de los murales de las décadas de los años cuarenta y sesenta aterrizó en oídos sordos.

 

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I No sabemos quién fue el gestor de Operación Serenidad. que se inauguró bajo la gobernación de Luis Muñoz Marín. El Programa de Decoración de Obras Públicas, 1962, era coordinado por el Dr. Ricardo Alegría y José R. Oliver, en el del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

[1] “Mid-career Project”. Escuela de Arquitectura. Universidad Politécnica de Puerto Rico. San Juan. Puerto Rico, s.f..

[1] El programa de Arte Público fue el nombre que recibió la serie de obras comisionadas por la gobernadora, Sila María Calderón, durante su incumbencia (2001-2005). luego del éxito de su programa de restaurar plazas públicas y comisionar obras de arte, cuando ostentó el cargo de alcaldesa de San Juan (1997-2000).

[1] Fue restaurado por la profesora Irene Estévez, con estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas.

[1] Realizados por Jorge Rechany, Rafael Ríos Rey, Rafael Tufiño y José R Oliver. 1964, Rafael Ríos Rey y el muralismo en Puerto Rico, editado por Néstor Murray Irizarry, Casa Paoli, Ponce, 2005. p.296.

[1] Inaugurado en 1960, Murray lrizarry, op cit. reproducido, p. 80.