[ El Reportero /  25 marzo de 1985 ]

Algunos le llamaban la pirámide del otro Cheo, haciendo alusión a la extravagancia de construir un edificio para nada en Cataño. Pero su forma no es piramidal, es un cubo. La analogía con la Gran Pirámide de Cataño descansa en la pompa y ostentación que allí se despliega. Se trata de una construcción desmedida, de un lujo exagerado, como lo fue en su tiempo la Tumba de Mausolo. Por eso prefiero llamarlo el “Mausoleo de Cheo”. Me estoy refiriendo al Edificio de Fomento en la Avenida Roosevelt de Hato Rey.

Se inauguró antes de haberse completado, unos días antes de las elecciones, como muchos otros edificios que se dedicaron, inauguraron o reinauguraron para esa fecha. Aunque la construcción todavía no se ha terminado ya se está deteriorando. En las mismas oficinas del Administrador una gotera ha manchado el plafón acústico y ha empezado a corroer la estructura de metal donde descansa el plafón. Cuando un edificio empieza a deteriorarse aun antes de ser completado, es casi el colmo. Pero todo en esta estructura es así de exagerada, de increíble, de absurda.

Los europeos construían (y todavía lo hacen) los edificios en torno a un patio central por las ventajas que esto conlleva para la ventilación. Ya se ha comentado sobre el disparate de usar este esquema para un edificio con aire acondicionado central. Pero lo que también resulta absurdo de ese patio interior es su forma. No es cuadrado, como el edificio, sino de plano irregular. Los espacios de la estructura vienen a ser también irregulares. La distribución interna de esos espacios es difícil de entender; uno se pierde se desorienta. Pero lo más asombroso es la cantidad de espacios inútiles, de enormes pasillos donde transita muy poca gente, de áreas muertas. Me interesaría que alguien se tomara la molestia de medir los pies cuadrados que ocupan estos pasillos; mucho me temo que estas áreas muertas ocupen un porcentaje tan exagerado que establezcan una marca insuperable para futuros despilfarradores.

El que quiera ver un ejemplo concreto y tangible del despilfarro del dinero del pueblo, debe visitar el edificio. Todo el recibidor está cubierto de mármol negro; las múltiples escaleras son también de mármol negro, con pasamanos de bronce. De bronce son las puertas de los elevadores (hay 6, para los que no quieran subir por las monumentales escaleras). Dos de estos elevadores son de forma pentagonal, con dos de sus lados en cristal, lo cual permite mirar hacia el patio interior mientras se usa. Y parte de lo que uno ve son unos tubos azules que sostienen un techo de plexiglás y que están llenos de unas bombillitas de cristal.

Los tubos son un plagio del Beaubourg de París acriollado con guirnaldas de fiestas patronales. Aparte de querer plagiar al Beaubourg, ¿qué demonios de necesidad había para techar ese patio interior? El adefesio similar de plexiglás que cubre el patio interior del Hotel El Convento (no sé si fue idea de los mismos arquitectos) tiene un grado de utilidad, ya que permite a los clientes seguir disfrutando de la comida mientras cae un aguacero. Pero aquí, en el Edificio de Fomento, no existe justificación real alguna para el techito, que debe haber costado su buena purruchá de dinerito.

Hace unos cuantos siglos el arquitecto romano Vitrubio definió la arquitectura como la conjunción de lo útil, lo bello y lo sólido, definición que aún hoy es válida. Yo quisiera que alguien me indicara qué posible utilidad tienen los pedazos de cemento que cuelgan de los pisos altos del edificio. En nada añaden a la solidez, de hecho, son una posible amenaza a la seguridad de los peatones, son tan feos e inconsecuentes que no los pudieron haber puesto por aquello de la belleza, pero tampoco cumplen la función de parabrisas o parasoles. Deben haber sido ingeniados para colgar banderines o para algún uso arcano, ahora desconocido. Pero el ejemplo cumbre de lo mal diseñado que está el edificio son las columnas estructurales que uno encuentra en cualquier oficina. Abres la puerta y allí, dañando e inutilizando un espacio de trabajo: una solitaria columna. ¡Con tanto espacio inútil que tiene ese edificio, y todas las columnas están dentro de las oficinas! Aparte de que son feas, su presencia en estos interiores es otra medida de los excesos, despilfarros o, sencillamente, estupideces que caracterizan el “Mausoleo de Cheo”. Desconozco el proceso de discusión de los planos, de aprobación del diseño, pero uno se imagina que la situación fue totalmente distinta a la de la Gran Pirámide, donde Don Pepe tenía una idea muy clara de lo que quería. Cheo emerge casi como un ingenuo que se dejó engatusar por un diseñador incompetente, pero diestro en las artes de la manipulación.