Myrna Báez sorprende nuevamente con una hornada de pinturas al óleo. La obra reciente proclama una evidente continuidad con su producción anterior y a la vez irrumpe en nuevas direcciones. El volver a la materialidad de la pintura, a la tecnología inventada por los hermanos Van Eyck hace más de cinco siglos es reiterar su relación con la antigua tradición pictórica. Las obras, a la vez, están enraizadas en la ambigüedad espacial, la extrañeza del color, las estrategias pictóricas que Báez desarrolla desde los años 70.

La serie comienza con Retrato de un sueño, cercana al Autorretrato de 1987, que formó parte de la extraordinaria muestra Figuración y Fabulación en Caracas. En Luna de amanecida la figura contempla el majestuoso paisaje, que constituye el tema principal de este grupo de pinturas. Las figuras a la vez macizas e inmateriales que Báez ha convertido en elemento reconocible de su estilo personal pasan ahora a un segundo plano de importancia, pero están ahí, estableciendo lazos de continuidad con su producción anterior.

Los límites rígidos de las formas, como las líneas del Arcoíris, el difuminado del aerógrafo, la técnica del estarcido, la textura del lienzo sin imprimar que utilizaba, también están ahí. Pero la sensualidad material del óleo poco a poco se va apoderando de la serie, de la imaginación de la artista.

Tierras del Sur se emparenta con las gráficas que Báez hiciera en la década del 70. Incluso emplea formas similares en la composición, formas que recuerdan piezas de alguna máquina. Pero ahora la composición es más espontánea, más libre, el paisaje no queda obliterado por la arquitectura de los nubarrones. En Isla y Atardecer urbano la pastosidad del pigmento y las texturas le dan calidez a la superficie. Plátanos rojos es una representación asombrosa del paisaje de montaña. La extrañeza del color actúa como freno a la sensiblería, el antídoto para no dejarse seducir por la belleza del paisaje. En el primer plano los rojos iridiscentes de las hojas de plátano evidencian el progresivo triunfo de la sensualidad del óleo. En Sol de cobre la brillantez y belleza del pigmento es deslumbrante.

La nueva pintura de Myrna Báez representa un desarrollo ulterior de los temas y las estrategias pictóricas que ha venido trabajando desde siempre. Las composiciones de Báez impactan de lejos por el magistral uso de formas claramente delineadas, por las masas de color vibrante. De cerca los lienzos se enriquecen con el drama del pigmento en la superficie. La tensión en la obra anterior entre el contorno de las formas y el difuminado del aerógrafo, da paso ahora al manejo de la materialidad del óleo. El uso del pigmento, por momentos aplicado en líneas rígidas, por momentos más suelto, anima todos los lienzos. El interés, sin embargo, no descansa en la materialidad de estos lienzos, en sus aspectos puramente formales. Como siempre, Myrna Báez proclama su identificación con lo puertorriqueño en estos extraordinarios paisajes, homenajes a la tierra. El uso del óleo, el desenvolvimiento formal y material de su pintura le imparte otra dimensión a una obra que ante todo nos remite a la función del artista como creador de imágenes significativas. Armada con antiguas y nuevas herramientas, Myrna Báez nos presenta ahora imágenes de la patria, de su innegable belleza física. Su regreso a la tierra va acompañado de la esperanza radical de que la empecemos o volvamos a querer sin sensiblerías, con la pasión y la lucidez que Báez combina misteriosamente en estos lienzos.