[ El Reportero / Febrero 1987 ]

La sociedad Amigos del Museo de Santos ha producido dos publicaciones recientes que propulsan su manera de concebir el estudio y apreciación de nuestros “santos de palo”. En la introducción de una de estas publicaciones, el catálogo de la exposición Dos siglos de imagineria puertorriqueña, Irene Curbelo de Díaz esboza los objetivos de este grupo de entusiastas dedicados al rescate de los santos. El propósito fundamental de esta sociedad es “lograr el establecimiento de un nuevo Museo  de Santos”,  ya que en 1980, bajo la administración de la doctora Del Rosario, el Instituto de Cultura Puertorriqueña cerró el que estaba ubicado en la Casa de los Contrafuertes en el Viejo San Juan.

La agenda para este Museo es bastante abarcadora, incluye entre otras cosas un laboratorio de restauración. En esa misma introducción Curbelo de Díaz, al referirse a la muestra, señala que “Posee la virtud adicional de mostrar las piezas en su pintura original, gracias a la encomiable labor de restauración que han iniciado algunos de nuestros coleccionistas”. No soy una experta en santos, pero las obras reproducidas en ese catálogo, en el cartel que acompaña la muestra y en la otra publicación de Curbelo de Díaz, El arte de los santeros puertorriqueños parecen totalmente repintadas, con la pintura fresca, como acabadas de “restaurar”.

Cómo lidiar con una imagen de culto tradicional plantea un conflicto serio: ¿Se le deben quitar los repintes que ha recibido a través de los siglos hasta llegar a la “pintura original?’: El hacerlo implica obliterar parte de la historia de la imagen. Las sucesivas capas de pintura documentan el deseo de sus devotos de mantenerla en el mejor estado posible. Al eliminar esas históricas capas de pintura es muy posible que el restaurador se encuentre con que la original ya se ha perdido, ¿qué hacer entonces? Un acercamiento alterno y menos riesgoso es rellenar las “lagunas pictóricas” que tienen casi todas las imágenes, sin quitar ninguna pintura, para crear una superficie uniforme. Aquí también se está interviniendo con el paso del tiempo, aunque no tan radicalmente, ya que no se eliminan los capas históricas del pigmento. Otra posibilidad es consolidar lo que queda, a fin de que no se pierda más el pigmento, y mostrar la imagen así.

El curso de acción depende del concepto que se tenga de la imagen. Los devotos la repintan totalmente, ya que la imagen tiene un valor talismático paro el culto. ¿Qué acercamiento  debe  tener un .Museo a ese dilema? No hay una solución única, más bien un consenso general  de intervenir lo menos posible. El paso del tiempo deja una clara huella en los objetos, que los falsificadores laboran arduamente por imitar. El craquelado en la capa pictórica en el caso de los santos, las pérdidas de pigmento o la huella de los sucesivos repintes, les da un aspecto vetusto, les insufla el aire de dignidad que sólo tienen los objetos antiguos. La idea de intervenir lo menos posible con las obras es sólo un posible acercamiento. En ocasiones resulta necesario y es también válido efectuar una “restauración estética” y reponer parte del pigmento perdido. El problema es que muchas de los obras que se reproducen en ambas publicaciones acusan la pesado mano de algún “restaurador” poco cuidadoso. ¿Representan estos obras repintadas el ideal de la sociedad Amigos del Museo de Santos?

En El arte de los santeros puertorriqueños Curbelo de Díaz enuncio su intención de realizar un análisis estético de los santos yo que “por su valor expresivo, los santos son arte y no artesanía”. Esta publicación descansa en la tesis de Marta Traba consignada en La rebelión de los santos, una de sus mejores aportaciones a nuestra histografía. Traba plantea que el aspecto naif de los santos respondía a una voluntad estética y o la afirmación criolla ante los patrones de la metrópoli. El problema es que Curbelo de Díaz no posee ni el conocimiento ni la capacidad de expresión de Traba (¡quién los tuviera!) y su análisis estético deja mucho que desear. La distinción entre arte y artesanía va a la raíz misma de la creación artística, en un complejo problema de índole filosófica, y Curbelo de Díaz no tiene las armas para dilucidarlo. La diferencia que establece, por ejemplo, entre los santeros puertorriqueños (que según ella producen “arte”), y los navajo y los habitantes de Oaxaca (cuyas obras cataloga como “artesanía”), no es suficientemente rigurosa.

En el escrito lo autora ataca a folkloristas, sociólogos: historiadores y otros científicos sociales por el crimen de endilgarle a los santos la etiqueta de “arte folklórico o popular” (“Errores de acentuación” sic., págs. 14-15). Pero es innegable que la talla de santos constituye un auténtico arte popular.  Así las cosas, “los santos quedaron despreciados al nivel de un arte menor, y según se ha dicho y sigue repitiéndose erróneamente, más bien a la artesanía”. La autora hace un recuento de lo labor de los científicos sociales que es injusta, y un poco se le va la mano en el ataque o los santeros y contemporáneos. Pero el “fakelore” y el “ethno-kitsch” a que alude respecto a los santeros, no se restringe ni a este grupo de artesanos ni quedan ·fuero del mismo muchos “artistas”.

Gran parte de lo que Curbelo de Díaz intenta dilucidar está basado en consideraciones clasistas. La artesanía y lo popular es inferior al arte y los expresiones cultas es el supuesto en que se apoya esta “controversia”. Su intención es clasificar “santos de palo” dentro del segundo grupo, qué se les considere como arte, con “A”  mayúscula, y así salvarlos del estrado inferior. La falla primordial de este argumento es que perpetúa el prejuicio que intenta atacar, sin alterar en nada las bases clasistas del mismo. Concentrar en el “valor estético” de los santos forma parte de este esquema clasista, en detrimento del estudio serio de su contexto social, de su historia.

Resulta inevitable comparar estas publicaciones de la sociedad de Amigos del Museo de Santos con las de Teodoro  Vidal,  sobre todo  su San Blas en la tradición puertorriqueña, que reseñé no hace mucho (VIVA 3 de -enero, 1987). Vidal hace un estudio concienzudo y fascinante del tema, que se remonta a la Edad Media y se proyecta al presente. Teodoro Vidal también propulsa el rescate de los santos dentro de su proyectado Museo de artes y tradiciones populares, ¡pero desde una mira tan distinta! Doña Irene Curbelo de Díaz y todas las distinguidos personalidades que forman porte de la iniciativa para crear ese museo de santos deben ponderar un poco los problemas de restauración, contexto social e histórico/esteticismo.