[ Ensayo para el catálogo de la exhibición OLORES de Angélica Fernández Diamente / 2004 ]

Olores presenta un catálogo de los géneros de la fotografía que Angélica Fernández Diamante ha explorado. A primera vista, parece ser un ensayo fotográfico clásico, a la manera de Decires, la muestra de tomas de escritos callejeros de Cochabamba. La exposición incluye el retrato minimalista, que tanto ha cultivado a blanco y negro, esta vez de botellas y frutas. Termina la serie con manchas de color como elemento pictórico, que remiten a Crónicas cromáticas, su exposición de graduanda en la Corcoran. Por sobre todo, Olores se basa en la experimentación con el medio fotográfico de la década de los años ochenta, en las que Fernández lidiaba con varios niveles de “realidad”, con la manipulación de fotos de fotos, impresas sobre otras imágenes.

Al principio de Olores María Angélica Fernández Diamante yuxtapone las frutas con los saborizantes que supuestamente reproducen su sabor. Comienza por la foto de la ristra de botellas, luego yuxtapone la botella y la fruta, una gota del saborizante y la fruta, completa, cortada, haciendo una especie de disección de cada fruta, en contraste con su réplica artificial. En Bolivia, donde vive la artista, el contenido de estas botellas plásticas se emplea en los refrescos y mantecados de chirimoya (corazón), fresa, melón, naranja (nuestra china), guineos y otras frutas tropicales que el público consume. Las fotos de las botellas, de las gotas de saborizantes son hermosas, cautivadoras, pero nos confrontan con una realidad terrible: el predominio de la réplica, del Ersatz por sobre el delicioso sabor de la fruta fresca. Consumimos basura porque resulta más barato reproducir el sabor en el laboratorio que extraerle el sabor a la fruta. Matrix, Brave New World.

Las composiciones se tornan más complejas, con varias frutas, varios sabores y colores, que van conformando un complejo bodegón. Ya no es el memento mori, la alusión a la muerte por la corrupción de la fruta. Ahora es el memento virtualis, la sustituci6n de las cosas reales por el Doppelgänger.

Introduce flores de azúcar en las composiciones para recordarnos la presencia del mundo de los químicos en el arte de la confitería. Las rosas de azúcar teñidas con colorantes químicos representan otro nivel de artificialidad, y se sitúan a medio camino entre la realidad de la fruta fresca y el engaño de los saborizantes. Sabemos que son de azúcar y no “de verdad”, más aun, la intención no es engañar el paladar y pasar gato por liebre. Las flores de confitería nos adentran en el mundo del artificio, de las cosas bellas o kitsch realizadas por la maña de la humanidad. Pero se trata de un arte contaminado con los químicos que le dan sus hermosos colores, y que consumimos sin ambages. La presencia de muñecos, con otras alusiones a la guerra y la destrucción, es también metáfora de la inocencia del consumidor, engañado por la belleza de las formas y los colores.

La intención original de la muestra es traer a la atención del espectador una terrible realidad, el paulatino reemplazo de los productos naturales por cosas químicas, de poco o ningún valor nutritivo. Pero la magia de los colores, se apodera del ensayo fotográfico, y a medio camino, Fernández abandona el comentario fotográfico para explorar efectos del color. La serie pasa por varios géneros de la fotografía: el ensayo fotográfico, el retrato, el “momento preciso” de Cartier-Bresson, las fotos antropológicas friamente calculadas y posadas de Boas, para emerger como una propuesta puramente estética. Del mini Arco iris sabor chocolate malismo de la ristra de botellas de colores al caos ordenado de las últimas piezas de la serie, en las que Fernández hace pintura con las frutas y los saborizantes.

En Olores, Angélica Fernández regresa a varias raíces que ha generado en su vida de fotógrafo. En Decires, Fernández propone el ensayo fotográfico clásico, el lente que capta un trozo de la realidad que el fotógrafo interesa resaltar. Algunas imágenes de Olores recuerdan la intención de Decires y de Paredes (1992), la serie de paredes de casas y edificios de España. Pero lejos de ser el lente que capta la luz y las formas de un paisaje urbano o de las gentes, las imágenes de Olores son producto de unas composiciones fraguadas por la artista. Utilizando elementos mínimos, papeles de color, frutas, muñecos, flores de azúcar, los colores de los saborizantes, Fernández va urdiendo una trama pictórica. En las composiciones más complejas del final de la serie, el punto de vista nunca es evidente, y la primer a reacción del espectador es confusión, cuál es el fondo, cuál es la figura.

Ya en Órganos, la admirable serie de retratos de lengua, morros, vísceras, corazón y otros órganos de oveja y toro, Fernández utilizó el color como elemento fundamental de la imagen. El minimalismo de la óptica, el lente elimina todo detalle para concentrarse en las formas y los colores de los órganos, refuerza el contraste entre la brillantez de los colores y la presencia poderosa de los órganos animales. El rojo brillante de cabeza de cordero, convierte la imagen de la faz del cordero en ícono plurivalente. La forma orgánica adviene a presencia imbuida del misterio de la vida, y alude al sacrificio ceremonial. La sencilla mesa sobre la cual reposan los órganos adquiere la presencia de altar.

Papa Rumi (2000) es el producto de una mirada análoga, se trata de un ensayo sobre la relación entre la papa y la tierra pedregosa donde crece. El tema es prosaico, con su arte, Angélica Fernández lo transforma en homenaje solemne. La gama de colores es restringida, y acentúa la relación equivoca entre el mundo mineral de la piedra y el orgánico de la humilde papa. Aquí Fernández se adentra en el campo de la ambigüedad de la imagen: papas que parecen piedras, piedras que parecen papas. Resulta sorprendente cómo en Órganos y Papa Rumi, Fernández transforma lo cotidiano en arte, cómo obliga al espectador a repensar su relación y su acercamiento a elementos familiares de la subsistencia, y asumir la mirada reverente.

La ambigüedad recurre como voz autorial en Olores. La exaltación de la fruta y de su Doppelgänger, el criticado químico y su efecto de color hermoso. Al final de la serie de Olores, la ambigüedad es todo, Fernández olvida la prédica para adentrarse en la estética.

Olores, comienza siendo un ensayo fotográfico sobre los saborizantes, para advenir a un catálogo de los géneros que Fernández ha trabajado. Regresa al enfoque desorientador de su etapa de experimentaci6n. ¿Que estamos viendo? Y termina por hacer pintura desenfadada, a la pincelada expresiva del expresionismo abstracto. Todo urdido con un sentido del color y de la composición que obliga al espectador a enviar a la porra lo prístino, incluso la propuesta de lo ambiguo, para regodearse en la magia de la luz y del color.

San Juan, noviembre 2004