[ El Reportero ]

En la exposición de los años ’50 hay un panel educativo en el cual se define el término “realismo social”. La intención es clara: se intenta definir el arte de la Generación del ’50 como una escuela o manifestación del realismo social. El término tiene una connotación negativa en la literatura del arte, al menos en las artes plásticas, viene cargado de una serie de asociaciones que poco tienen que ver con el arte de protesta que se da en esos años en Puerto Rico. Este término se emplea para designar el arte oficial, frívolo y adocenado que provino de la Unión Soviética durante la época estalinista y todo tipo de figuración propagandista que carezca de sinceridad. En nuestro campo se denomina kitsch a estas manifestaciones que no poseen expresividad real, no empece los sentimientos supuestamente exteriorizados por las figuras. El kitsch y el realismo social se asocian con la representación de estereotipos, de clichés, que carecen de ese elemento indispensable a, toda verdadera obra de arte, el reto a la imaginación. El kitsch no hace otra cosa que confirmar lo que ya supuestamente sobemos; en vez de hacernos pensar sobre lo que estamos viendo, afirma nuestra más  trivial concepción  de la  realidad.

Una ojeada a la producción de la Generación del ’50 demuestra que lejos de confirmar estereotipos, es un arte que nos confronta con una realidad difícil. Como lo expresó de manera elocuente Martorell, presenta imágenes de un Puerto Rico “que no queríamos ver”. Una estampa como Cortador de caña de Rafael Tufiño nos remite a la explotación de nuestro proletariado a manos de los intereses azucareros; es el símbolo visual de todo un pueblo que ha sudado bajo el inclemente sol por una paga de hambre. Se trata de la representación de un mundo conflictivo, expresado en la polaridad del cuerpo doblado, que implica sometimiento y la fuerza del gesto del brazo con el machete.

La serie de grabados que ilustran el libro Los casos de Ignacio y Santiago de Tufiño y Meléndez Contreras distan mucho de lo frivolidad del realismo social. Este es un libro producido con un objetivo educativo, propagandístico, si se quiere, por una agencia del gobierno de Puerto Rico. Sin embargo, ambos artistas logran salvar los peligros que tantas veces convierten este tipo de ilustración en kitsch. Por una parte, esto se debe a la profunda identificación con la realidad que están ilustrando. Por la otra, a la naturaleza misma de la narración: se trata de una historia de los conflictos en una comunidad rural. A través de estas historias paradigmáticas que escriben Emilio Díaz Valcárcel, René Marqués o Pedro Juan Soto en la Divedco no se intenta anestesiar. o los lectores con la repetición de clichés, característico de la propaganda. La intención más bien es que la gente se vea retratada en ellas y aprenda, así como lo hacen los protagonistas de los cuentos, a resolver los conflictos de manera más racional.

Este arte de protesta de la Generación  del  ’50 está  basado  en la figuración, pero emplea recursos que lo apartan del “realismo”. En una gráfica corno Mater atómica Torres Martinó se toma libertades con la realidad y la figuración para lograr efectos expresivos: En las apasionados representaciones simbólicas de Carlos Raquel Rivera, como Doña Fulana, 1898, Huracán del Norte, Elecciones coloniales, entre otros, el artista se aparta considerablemente de la “realidad”. Si Rivera emplea la figuración fantástica para sus elocuentes imágenes, la exageración es el recurso preferido por Homar en sus mordaces caricaturas. Otros artistas como Félix Rodríguez Báez, Hernández Acevedo y Eduardo Vera realizan un tipo de figuración depurado en la cual la verosimilitud (o el realismo) juega un papel secundario, La representación fiel y exacta del entorno no es el objetivo primordial de estos artistas. La intención es más bien crear una emblemática del Puerto Rico de su momento, desarrollar unas imágenes que expresen su sentir respecto a nuestra sociedad,

El término “realismo” no define con precisión el arte de protesta de la Generación del ’50. El legado más persistente en términos del contenido social de esta generación es la actitud y postura del artista ante la sociedad. Lejos de acariciar y confirmar los lugares comunes de nuestra idiosincrasia como pueblo; nos plantean otra misión para el artista. Este va a usar su talento para hacernos conscientes de nuestros prejuicios, nos confronta con su postura crítica, de denuncia ante la injusticia, nos obliga o reflexionar, a ejercer nuestro juicio moral. Es obvio que no todo el arte de esa generación es de confrontación, se trata de artistas complejos y versátiles, que logran expresar otros que se insertan en el expresionismo abstracto, casi el polo opuesto de este arte de contenido social. Pero la actitud prevaleciente es la de crear esa emblemática de Puerto Rico. Y siguiendo la tradición establecida por José Martí, el artista se concibe como un luchador por la libertad, su arma principal es la imaginación. Todo lo cual está a años luz del kitsch que evoca el término “realismo social”.