[ El Reportero  / 9 agosto 1986 ]

Este verano el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) decidió romper la costumbre de no programar ninguna muestra de importancia y se lanzó a organizar la ambiciosa exposición Viena 1900. En la jerga norteamericana, una exposición de esta magnitud se conoce como “blockbuster”. Creo que el término proviene de la mecánica de autos, y hace referencia a un impulso tan avasallador que rompe el bloque del motor. Los “blockbusters” son exposiciones que tienen una asistencia masiva gracias a una intensa campaña de promoción y mercadeo de carácter carnavalesco.

La muestra intenta dar un panorama completo de la rica actividad artística de la Viena de principios de siglo. Para 1897 un grupo de jóvenes artistas se separaron del mundo del arte oficial y establecieron el movimiento llamado La Secesión. Les movían dos objetivos fundamentales: hacer muestras del arte de avanzada, y por medio del esfuerzo colectivo lograr la unidad de las artes. El Gesamtkunstwerk o la obra de arte total implicaba la creación de un ambiente donde se fundieran arquitectura, pintura, escultura y diseño. El rompimiento con el arte oficial, académico y conservador que habían hecho Courbet y Manet en el París de mediados del siglo XIX, llega a Viena ya a poco del comienzo del nuevo siglo. También de mediados del siglo XIX es el concepto inglés del Arts and Craft Movement de William Morris y John Ruskin, que es la base de los esfuerzos totalizadores de La Secesión.

El grupo de jóvenes de La Secesión organiza un importante taller para la producción de objetos de uso, tal cual había hecho Morris anteriormente. Incluso existe cierta afinidad estilística entre la obra de los vieneses de comienzos de siglo y la producción de los talleres de Morris. Una gran parte de la exposición de MoMA está dedicada a mostrar la joyería, las telas y modas, los cubiertos, muebles, y vajillas que provienen del taller vienés. La muestra parece ser un eco del propio MoMA, en donde siempre se le ha dado gran prominencia al diseño. Pero la manera en que se ha montado la exposición tiende a dar la impresión de que uno está visitando un bazar.

La arquitectura, sin embargo, recibe menos atención de lo que le corresponde. El concepto de un ambiente en el cual se funden todas las artes tiene a la arquitectura como punto de partida. Además de esto, las aportaciones de la Escuela de Viena al desarrollo de la arquitectura moderna son fundamentales. El MoMA le dedica una sala pequeña a la arquitectura, ubicada fuera del ‘blockbuster”. Allí se muestran los dibujos de un edificio de Otto Wagner, uno de Josef Hoffman y otro de Adolf Loos, acompañados de sendas maquetas realizadas especialmente para la muestra y que deben haber costado un dineral. Los dibujos arquitectónicos no tienen el poder de atracción populachero que una vitrina llena de pulseras y collares, de cubiertos de plata y vajillas de porcelana. El éxito de venta y promoción desplaza paulatinamente la veracidad histórica.

Una gran parte de la muestra está dedicada a la pintura, y recibe particular despliegue la obra de Gustav Klimt, uno de los fundadores de La Secesión. El padre de Klimt era orfebre, el empleo del oro en los famosos cuadros de Klimt (otra atracción de taquilla) ayuda a comunicar el ambiente de opulencia decadente de sus imágenes. Esta es la Viena que produjo también a Sigmund Freud. Pero la decadencia elegante de Klimt palidece al lado de la obra de Egon Schiele y Oscar Kokoschka, cuya intensidad es perturbadora. La violencia desagradable con que Schiele representa la sexualidad, la vehemencia de los personajes neuróticos de Kokoschka recuerdan los pacientes histéricos de los escritos de Freud. Uno casi puede ver en esos dibujos de figuras contorsionadas, en las difíciles imágenes de los lienzos, una expresión visual de las mismas ansiedades y deseos reprimidos que Freud describe y explora. Resulta de particular interés las pinturas del compositor Arnold Schoemberg que se incluyen en la muestra. Aunque no son obras maestras, señalan la interacción entre las artes visuales y la música en el afán de unificar todas las artes.

El montaje de esta exposición le salió al MoMA en 1 millón de dólares. Recubrieron las paredes del museo con paneles pintados de gris y con una franja de diseño geométrico típico de la época. Las tres maquetas tienen que haber consumido una porción respetable de este presupuesto. Pero el costo de la instalación y las maquetas aparte, una cantidad obscena de esos dineros están destinados a “ambientar” el espacio, con la franjita geométrica y otras chucherías de diseño. El toque final a ese acercamiento de feria o bazar es la instalación de un “café vienés” en el patio del MoMA, constituido por una especie de carpa de circo glorificada. Todo esto tiene muy poco que ver con educar al público, pero es un éxito de taquilla. Cantidades de público afluyen a la exhibición, llena las salas, patrocina el café, el intento ha sido exitoso, se recobró con creces el millón invertido en crear la “ambientación” .

El rico ambiente artístico de Viena tiene una secuela siniestra: allí se estrena como pintor el joven Adolf Hitler. El cuidadoso estudio que dio base a la exposición destaca las corrientes intelectuales, incluyendo la terrible prédica antisemítica, que terminó por convertir a Alemania y Austria en símbolos de la maldad y la degradación. Los serios escritos del catálogo documentan esta fascinante y compleja época. El millón de dólares del montaje casi terminan por convertir un esfuerzo serio en una experiencia trivial, en un Disneylandia cualquiera.